Mujeres inmigrantes compartiendo sus dichos y sus mundos

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Introducción

Janise Hurtig, Coordinator, Community Writing Project

Las tres historias que siguen fueron escritos por Karina Cardenas, Rebeca Nieto, y Abel Angeles, mujeres mejicanas inmigrantes quienes han sido participantes y facilitadoras de talleres de escritura del Proyecto de Escritura Comunitaria (el CWP) que toman lugar en las escuelas de sus hijos. El CWP ofrece talleres de escritura y publicación a residentes de vecindades pobres e inmigrantes en el área de Chicago. Creemos que cada persona es pensadora y artista, que las historias que cuenta la gente de sus vidas contienen conocimientos importantes para ellos mismos y sus vecinos, y que las semillas de cambio se encuentran en las interpretaciones intelectuales del pueblo. Nuestra meta es el de proporcionar un foro para la expresión creativa en el cual la gente puede compartir sus experiencias, contemplar sus vidas, y hacerse reconocidos dentro de sus comunidades como escritores y líderes.

El CWP pública las historias de participantes en los talleres en la revista Real Conditions, y distribuye la revista a los escritores, sus familias, amigos y vecinos, y más allá de la vecindad. Con el lanzamiento de una revista, el CWP colabora con las organizaciones comunitarias para llevar a cabo lecturas públicos. Escritores de comunidades inmigrantes han compartido historias sobre sus experiencias en varios lugares dentro y más allá de su vecindad.

En estas historias, Karina, Rebeca, y Abel comparten experiencias que son únicamente suyas, pero a la vez se relacionan profundamente con temas de inmigración que surgen a menudo en los escritos y discusiones de los talleres: la experiencia de cruzar la frontera, de adaptarse a la vida en los EEUU, los retos e indignidades del trabajo, y las agresiones en contra de la comunidad inmigrante por oficiales del gobierno. ◊

Puede encontrar más información sobre el CWP y la revista Real Conditions aquí.

 

Mi primer trabajo aquí (2003)

Abel Angeles

El camino era largo y silencioso. La noche apenas comenzaba. En otro tiempo estaría calientita en mi cama junto a mi esposo y mi niña que dormía con nosotros pues no tenía cuna. La recordé acurrucadita junto a mí durmiendo tranquilamente, sintiéndose segura a mi lado. Una lágrima resbaló por mi mejilla. ¿Qué sentiría o qué diría cuando al levantarse se diera cuenta que estaba en otra cama con sus abuelitos?

Mi esposo se dio cuenta de mi dolor y me abrazó más fuerte, para infundir mi fortaleza. Seguíamos por la carretera, veía las luces de los carros en el camino y letreros. A los lados sólo había nieve. ¿Qué estaría sintiendo mi niña de apenas dos años al no ver más a sus padres, al darse cuenta que se durmió con ellos y de pronto ya no estaban más a su lado al despertar por la mañana?

Por fin llegamos a un estacionamiento de una fábrica de bolsas. Gracias a un primo conseguimos el trabajo. Bajamos uno a uno del carro. Yo no sabía con quienes íbamos sentados. Al entrar me di cuenta que éramos siete en total. Estábamos un poco entumidos después de una hora de viaje sin cambiar de posición. Pero nadie se quejaba de la incomodidad; por el contrario, agradecíamos que tuviéramos quién nos llevara al trabajo.

Había mucho ruido y las máquinas eran impresionantes. Pero era poca gente, menos de diez personas del segundo turno que estaba por salir. Se veían muy activos. De repente algo pasaba que corrían todos a una máquina se oían gritos y todo pasaba muy rápido. Era que se reventaban las tiras de plástico y había que jalarle para que no se enredara en los rodillos de atrás. Había que seguir jalando hasta que arreglaban la máquina al frente donde salía la bolsa cortada a la medida. Después de eso volvía la calma.

Nuestro trabajo era empacar las bolsas en cajas verificando el peso y la medida. A veces la bolsa no cabía muy bien y había que aplastarla con los codos mientras se cerraba con las manos y se le ponía tape a la caja. El trabajo no era difícil. El problema era que no hablábamos inglés y el supervisor era irlandés, así que no le entendíamos cuando nos gritaba que jaláramos la tira. Como no le entendíamos se desesperaba y se enojaba muchísimo. Entonces llegaba otro trabajador que ya sabía lo que se tenía que hacer en esos casos.

Supe después que el supervisor no sabía mucho su trabajo y la tira se reventaba constantemente. El supervisor estaba furioso y me dijo que si se volviera a reventar me tenía que irme y apuntaba hacía la puerta con su mano. Yo pensé que era mi culpa y cuando se reventó no esperé a que me volviera a regañar y dejé la máquina. Sabía que ya estaba despedida.

Uno pasa por muchos sufrimientos y desventuras al llegar a este país, pero las ganas de trabajar y salir adelante lo mantienen a uno luchando fuerte para conseguir vivir mejor económicamente para la familia y los hijos. Después de diez años, mi realidad es que estoy en casa cuidando a mis hijas, sin haberme realizado profesionalmente – tal vez por falta de entereza o porque no estaba acostumbrada al maltrato en el trabajo. Mi esposo supo aguantar todo. Ahora es supervisor y tiene los beneficios de su antigüedad en el trabajo. ◊

 

 

Espinas de cactus (2007)

Karina Cardenas

El día primero de mayo yo estaba triste porque no pude asistir a la marcha a favor de una justa reforma migratoria. Mientras esto pasaba yo me encontraba en casa ocupándome de mis obligaciones como ama de casa. Tenía la televisión encendida para poder informarme de todo lo que pasaba en la marcha. Al ver tantas personas en la marcha me recordaba de lo difícil que fue para mí estar en este país al lado de mi esposo.

El vino primero. Después de estar separados durante año y medio él tuvo que ir a México por mi hija y por mí, a pesar de que ninguno tenemos documentos legales para estar en este país. Viajamos los tres a la ciudad de Tijuana para cruzar esta frontera. Fue una experiencia horrible. Duramos 15 días en Tijuana tratando cruzar. Primero intentamos cruzar por la línea caminando por no arriesgar a nuestra hija por el cerro. Dos veces yo trataba cruzar por la línea con ella en los brazos con documentos falsos. La tercera vez me encerraron por 24 horas. Mi esposo corrió con más suerte porque a él no lo detuvieron y pasó fácilmente. Pero como de lejos vio que a mí me habían detenido, tuvo que salir otra vez para atrás y esperar por mí. El pasó toda la noche en la calle sin dormir a un metro de distancia por donde nos dejaban salir. Mientras tanto, un hermano mío que vive en Los Angeles ya me había hecho el favor de salir dos días antes por mi hija por la cual la pudo pasar como su hija sin ningún problema. Gracias a Dios, ya que en ese entonces ella sólo tenía dos años de edad.

Después que me dejaron salir mi esposo y yo decidimos intentarlo por el cerro. La primera vez los coyotes nos llevaron a 15 personas, caminando por los tubos del drenaje todo oscuro. Así caminamos varias horas; a veces tuvimos que caminar de rodillas. Al salir de allí caemos a un charco de agua enlodada que nos daba en la cintura. Treinta minutos después ya estábamos entre unos matorrales, caminando y escondiéndonos de la migra. Luego nos detuvimos por tres minutos cuando de repente se abrieron los matorrales y vimos a la migra. Todos corrimos asustados por todos lados. Mi esposo no me soltó de la mano. Me decía que corriéramos detrás de los coyotes ya que a estos era difícil que los alcanzaran. Pero yo, llorando toda asustada, le decía que no podía más. Un señor de inmigración nos gritaba que no corriéramos. Cuando el agente fue por nosotros para esposarnos, de un empujón tumbó a mi esposo. Ya estando en el suelo le dio una patada en la espalda.

Nos subieron a una camioneta rumbo a la cárcel para tomarnos fotos y huellas. Allí duramos cuatro horas. Yo estaba sola en un cuarto porque a mi esposo se lo habían llevado a otra parte. Ya sentada en una silla me miré los tenis. Tenían como cinco centimetros de lodo pegado a la suela fue entonces cuando me di cuenta que al correr me sentía tan pesada al parte de que traía los pantalones mojados y llenos de lodo. Después nos llevaron a la salida y quedamos de nuevo en Tijuana, México.

Esperamos tres días para intentar cruzar de nuevo, pero con otro coyote. Nos llevó con otras 12 personas a un pueblito llamado Tecate. Allí esperamos en un motel hasta que se hiciera de madrugada para intentar a cruzar. Brincamos el muro y prendimos el camino. De repente se oía al coyote decirnos, “Paren, agáchense.” En una de tantas agachadas me caí sentada en un cactus. Todas las espinas se me enterraron en mi trasero. Por los nervios que llevaba ni cuenta me di, hasta que ya nos tenían en una casa de San Diego, California. Mi esposo me llevó al baño y allí me los estaba quitando. Al verlas me pregunté cómo las podía sentir. En fin ahora me da risa.

Después de esto fue un señor en un auto por mi esposo y por mí para pasar la otra garita. Escuché el señor decir, “Ya ha pasado el peligro, relájense.” En Anaheim cambiaron de auto para llevarnos a Los Angeles a casa de mi hermano, ya que ahí estaba mi hija. Cuando por fin la vi después de cinco días corrí a abrazarla. Ella empezó a llorar y se fue con la suegra de mi hermano que la había cuidado esos días. Con eso corrí a los brazos de mi esposo y lloré como una niña. Pensé que todo lo que pasé no era tan malo como sentir el rechazo de mi hija.

Gracias a Dios que ya llevamos seis años aquí juntos. Mi hija próxima va a cumplir nueve años y tengo un hijo de cuatro años nacido aquí. Por eso estaba triste de no poder ir a la marcha. ◊
 

 

Inmigración en el barrio (2007)

Rebeca Nieto

Hace pocos días llegó la Inmigración al barrio de La Villita. Es un barrio donde la mayoría son mexicanos. La gente vive tranquilamente y sobresale con sus hijos en el diario vivir, luchando por darles lo mejor que pueden a sus familias, tratando de salir adelante para poder tener una vida mejor que en su país. Enfrentan mil sinsabores, pero trabajan muy duro con la frente en alto.

Una tarde de abril yo estaba muy tranquila recogiendo a mis hijas de la escuela, cuando escuché a unas personas diciendo que en el Mall de la 26 estaba Inmigración, que si no tenían papeles que no se acercaran, porque se estaban llevando a toda la gente que no tenía papeles. La noticia corrió como pólvora. En unos minutos las personas se comunicaron con sus familias, y poco a poco se formo una gran tensión y miedo. Se les notaba en la cara preocupación y nerviosismo, hablando en sus celulares mientras algunos helicópteros volaban como buitres buscando presa. La gente se ponía más nerviosa. Recogí a mis hijas y me retiré rápidamente para investigar lo que estaba pasando, pues no podía creer lo que decían. Uno vive muy tranquilo y no espera que pase esto. Algunos niños, asustados de ver a sus madres corriendo hacia las casas, preguntaron, “¿Qué pasa? ¿Por qué toda la gente corre, Mami?” Después de llegar a mi casa, ya más tranquila, me senté en la puerta y vi como pasaba la gente a montones y organizaciones a protestar y hacer escuchar sus voces.

Creo que estamos pasando por unos tiempos difíciles para los emigrantes. Debemos unirnos para lograr una amnistía, pues nosotros venimos a trabajar, no a robar. ◊

 

 

Introduction

Janise Hurtig, Coordinator, Community Writing Project

 

The three stories that follow were written by Karina Cardenas, Rebeca Nieto, and Abel Angeles, Mexican immigrant women who have participated in and led writing workshops facilitated by the Community Writing Project in their children’s schools. The Community Writing Project (CWP) offers adult writing and publishing workshops to residents of poor and immigrant neighborhoods in the Chicago area. We believe that every person is a thinker and an artist, that the stories people tell about their lives contain important insights for themselves and their neighbors, and that the seeds for change can be found in the artistic and intellectual renderings of ordinary people. Our goal is to provide a forum for creative expression in which people can share their experiences, examine their lives, and become recognized within their communities as writers and leaders.

The CWP publishes workshop participants’ writings in the magazine Real Conditions which is distributed to writers, their families, friends and neighbors, and beyond. When magazines are released, the CWP works with partnering community groups to hold public readings. Writers from immigrant communities have shared stories about their experiences in numerous public settings within and beyond their neighborhood. In these stories, Karina, Rebeca, and Abel share experiences that are uniquely theirs, but resonate deeply with themes that emerge regularly in workshop writings and discussion about immigration: border crossings, adjustments to life in the US, the challenges and indignities of paid labor, and the assaults on the immigrant community by government officials. ◊

You can learn more about the CWP and read Real Conditions magazines here.

 

My First Job Here (2003)

Abel Angeles

The road was long and silent. The night was only beginning. In another time I would have been warm in my bed next to my husband and my little daughter who slept with us since she didn’t have a crib. I thought of her huddled next to me, sleeping peacefully, feeling safe at my side. A tear rolled down my cheek. What would she feel or say when she woke up and noticed she was in another bed with her grandparents?

My husband noticed my pain and hugged me harder to give me strength. We kept on going on the highway. I could see the lights of the cars on the road and the billboards. To the sides there was only snow. What would my little girl, barely two years old, feel when she did not see her parents, when she realized she had fallen asleep with them but they were no longer there when she woke up in the morning?

Finally we arrived at the parking lot of a bag factory. We had gotten this job thanks to a cousin. We got out of the car one by one. I didn’t know who we had been sitting next to. When we walked in I noticed we were seven in all. We were a little numb after an hour of traveling without changing position. But no one complained about the discomfort; on the contrary, we were grateful to have someone take us to work.

There was a lot of noise and the machines were impressive. Suddenly something happened and they all ran to one machine. There were shouts, and everything happened quickly. The strips of plastic had torn and they had to pull them out so they would not tangle up in the back roller. They had to continue pulling until they fixed the machine in front from where the bags would come out, cut to size. After that it was calm again.

Our job was to pack the bags in boxes, verifying the weight and measurements. Sometimes the bags did not fit well and had to be pushed in with our elbows while we closed and taped the box with our hands. The work itself was not hard. The problem was that we didn’t speak English and the supervisor was Irish, so we didn’t understand when he would shout at us to pull the strip. Since we didn’t understand him he would get frustrated and mad. Then another worker who knew what to do in these cases would arrive.

As I found out later, the supervisor didn’t know much about his work and the strip would constantly tear. The supervisor would get furious. He told me if it tore again I would have to leave and he would point toward the door with his hand. I thought it was my fault and when it tore again I didn’t wait for him to scold me again but just left the machine. I knew I was fired.

We go through a lot of suffering and adversities when we first arrive in this country, but our desire to work and get ahead keeps us struggling hard to better lives economically for our families and children. After ten years in this country, my reality is that I am at home taking care of my daughters, but without having fulfilled myself professionally. My husband was able to bear everything. But I left, perhaps due to a lack of determination or because I was not used to being mistreated at work. Now he is a supervisor and has the benefits that come with having worked there a long time. ◊

 

Cactus Needles (2007)

Karina Cardenas

This past May 1 I was sad because I couldn’t attend the march in favor of fair immigration reform. While that was going on I was in the house taking care of my obligations as a housewife. I had the television turned on to be able to stay informed about everything that was happening at the march. Seeing so many people at the march reminded me of how difficult it was for me to be in this country by my husband’s side.

He came first. After having been separated for a year and a half he had to go to go to Mexico for my daughter and me, even though none of us have legal documents to be in this country. The three of us traveled to the city of Tijuana to cross the frontier. It was a horrible experience. We spent 15 days in Tijuana trying to cross. First we tried walking across in order to not risk taking our daughter across the hills. Twice I tried to cross with false documents, holding her in my arms. The third time they held me for 24 hours. My husband ran with more luck because they didn’t detain him and he passed easily. But since from afar he saw that they were holding me, he had to head back again and wait for me. He spent the whole night in the street without sleeping, a meter away from where they would be letting us out.

Meanwhile, one of my brothers who lives in Los Angeles had already done me the favor of coming two days earlier for my daughter, who he was able to bring across as his daughter without any problem. Thank God, since at that time she was only two years old. After they let me go my husband and I decided to make an attempt through the hills. The first time the “coyotes” took 15 people, walking through the dark drainage pipes. We walked that way for several hours; sometimes we had to crawl on our knees. When we got out of there we fell into a pool of muddy water that was up to our waists. Thirty minutes later we were in the middle of thickets, walking and hiding from the migra. We were waiting a few minutes when suddenly the bushes opened and we saw the migra. Startled, we ran in every direction. My husband didn’t let go of my hand. He told me to run behind the coyotes since it was unlikely they would get caught. But I was crying and startled, and I told him that I couldn’ t keep going. A man from Immigration shouted at us to stop running. When the agent came towards us to handcuff us, with one push he knocked my husband over. Then he kicked him in the shoulder while he was on the ground. They put us in a truck headed toward prison to take photos and fingerprints. We stayed there four hours. I was alone in a room because they had taken my husband somewhere else. Finally sitting in a chair, I looked at my gym shoes. They had about five centimeters of mud stuck to the soles. That was when I realized how heavy I felt running—besides the fact that my pants were wet and full of mud. After that they took us to the exit and we were once again in Tijuana, Mexico. We waited three days before trying to cross again, but with a different coyote. He took us with 12 other people to a small village called Tecate. There we waited in a motel until dawn in order to try to cross. We jumped over the wall and took to the road. Suddenly you could hear the coyote telling us, “Stop, crouch down.” After many crouches I sat down on a cactus. All the needles got buried in my rear. But because I was so nervous I didn’t even realize it, until we had gotten to a house in San Diego, California. My husband took me to the bathroom and there he started removing them. When I saw them I asked myself how I could have not felt them. Now, years later, it makes me laugh. After that a man in a car came for my husband and me to pass the other garrison. I heard the man say, “You’re past the danger, relax.” In Anaheim they changed cars to take us to Los Angeles to my brother’s house, since that is where my daughter was. When I finally saw her after three days, I ran to hug her. She started to cry and went with my brother’s mother-in-law, who had been taking care of her during those days. With that I ran into my husband’s arms and cried like a little girl. I thought that all that I had been through was nothing compared to feeling my daughter’s rejection. Thanks to God, we have been here together for six years. My daughter will soon be nine and I have a four year old son who was born here. This is why I was sad when I couldn’t go to the march. ◊

 

Immigration in the Neighborhood (2007)

Rebeca Nieto

A few days ago Immigration came to the neighborhood of Little Village. It is a neighborhood where the majority of people are Mexicans. The people live tranquilly and survive with their children in daily life, struggling to give the best they can to their families and trying to get ahead in order to have a better life than in their country. They confront a thousand sorrows, but they work very hard with their chests held high.

One April afternoon I was very calmly picking my daughters up from school, when I heard some people saying that Immigration was in the 26th Street Mall, and that if you didn’t have papers you should stay away, because they were taking away everyone who didn’t have papers. The news spread like wildfire. Within a few minutes people had communicated with their families and bit by bit enormous fear and tension had developed. You could see worry and nervousness in people’s faces as they talked on their cell phones, while helicopters flew overhead like vultures looking for prey. The people became more nervous. I picked up my daughters and left quickly to see what was going on, because I couldn’t believe what they were saying. When you live so calmly you don’t expect this to happen. Some children, upset to see their mothers running to the house, asked, “What’s going on? Why is everyone running, Mommy?” After reaching my house, a bit calmer now, I sat in the doorway and watched as masses of people and organizations passed by to protest and have their voices heard.

I think that we are going through difficult times. We should unite to achieve amnesty, since we came here to work, not to rob. ◊